Hemos impartido tres cursos metodológicos formando repentistas desde el punto de vista docente, estos artistas devenidos profesores están al frente en distintos municipios y provincias. Han hecho la selección de cuatro niños por taller, de unos 20 por aula. Por primera vez se cumple el objetivo de que la enseñanza de la improvisación avance en todo el país y que todos los estudiantes intercambien acerca de lo que se está haciendo en cada lugar. Es un seminario puramente docente, artístico lúdico y participativo en el que se van a poner en práctica la mayoría de los juegos diseñados para la enseñanza de la improvisación. El curso prácticamente empieza ahora, porque es cuando ha estado toda la documentación; los profesores y alumnos se van a enfrentar, por primera vez al proyecto pedagógico con todas las herramientas metodológicas necesarias. Creemos que este es un salto cuantitativo y cualitativo que es la enseñanza del canto improvisado. ¿Hay competencia? Nunca hay parte competitiva, la improvisación es un arte concursivo y ya esa competencia está latente dentro de las reglas propias de ese arte, por tanto, no fomentamos la competencia entre los niños en su proceso formativo, sino que lo que aprendan les sirva como camino para llegar a realizarse intelectualmente. El festival se hace en los años que no hay seminario y tampoco es competitivo, sirve para que los niños muestren y demuestren las habilidades adquiridas a lo largo del curso. Terminan con un espectáculo, el año pasado se hizo en el Teatro Nacional y el próximo, en 2014 contaremos con la colaboración de La Colmenita. ¿El improvisador nace o se hace? Estoy convencido de que se puede hacer porque lo hemos demostrado en la cátedra. Tengo niños que nunca habían escuchado una décima, que no pertenecen a la tradición y que, sin embargo, en pocos meses han aprendido a improvisar. Hay otros que se han creado dentro de la tradición y no es que nazcan con eso, sino que están insertos en ella, entonces les es más fácil. Posibilitar que los niños que tengan vocación o talento para cualquier rama de la cultura —no solo para la décima— puedan encontrar otras formas de potenciar su inteligencia, es uno de los objetivos de la cátedra más que formar repentistas. Siempre se puede confundir la gente pensando que estamos creando una fábrica de repentistas como si el arte se pudiera concertar en conceptos tan fríos. Estamos creando improvisadores, pero también escritores, receptores e investigadores potenciales de una tradición tan rica como la creación de décima en Cuba. Yo siempre digo que el improvisador nace haciéndose, al hacerse va naciendo. Siempre partía de que si había escuelas de danza, de plástica, de música, en las que determina la voluntad y la predisposición del educando por qué no podían crearse escuelas de improvisación. ¿Es novedoso este método? Tampoco hemos inventado el agua tibia, ya desde la época griega, y sobre todo en la época andalusí, en España, hay noticias de que existían escuelas de improvisación. El arte de la improvisación siempre les ha preocupado a quienes les gustaba trasmitir su enseñanza, para los retóricos era muy importante. La retórica pasó como un arte y una ciencia. La improvisación era mucho más que un divertimento de los reyes moriscos, era un arte que se defendía, ponderaba y trasmitía a través de escuelas, sobre todo en Córdoba, la del siglo IX y X. Entonces, en casi todas las tradiciones te encuentras pequeñas experiencias docentes que distan mucho de la teoría del innatismo. No se deja al libre albedrío, sino que se puedan trasmitir sus técnicas y sus mecanismos. ¿Qué pasó? Que sobre todo desde el advenimiento del neoclasicismo en el siglo XVIII y la exaltación de los prejuicios cultistas contra las artes populares y los prejuicios escriturares contra la oralidad, todas estas manifestaciones, no solo la improvisación, también el romancero popular, el cancionero viejo, todas las demás manifestaciones de la oralidad, todas estas artes se fueron arrinconando y dejando de la mano de Dios y cayendo en el olvido una, en la inobservancia otras y en el mayor ostracismo la mayoría. La improvisación fue la más víctima de todas, encima de oral, era espontánea, inmediata y se perdía. Las últimas cepas de poesía improvisada quedaron entre los campesinos, la oralidad era su mayor vehículo de comunicación y a pesar del ser ágrafos analfabetos, seguían teniendo el «don» de la palabra viva, y al quedar reducida la improvisación a este sector, se creó una gran confusión, se ponderó la teoría del buen salvaje, de que el campesino tenia el «don» de improvisar y lo que en principio se veía como un halago no es más que un arma de doble filo, una posición clasista de aplaudir al campesino por ese «don» pero a la vez no potenciarle las posibilidades de crecer desde el punto de vista lingüístico, de academizarse. Pienso que con toda esta etapa de la enseñanza de la improvisación estamos acabando con muchos años de traición a la memoria histórica de la cultura popular y de olvido injusto hacia una de las manifestaciones más ricas e enriquecedora de los pueblos