A caballo llegaron los primeros periódicos al poeta Jesús Orta Ruiz, el Indio Naborí, que tan excelentes textos periodísticos ha dejado escritos en las más importantes publicaciones cubanas. Este hombre es demasiado cubano, tanto, que no puede distanciarse de esa entrañable condición para definirla. A la altura de sus 78 años, Jesús Orta Ruiz —o el Indio Naborí, como muchos preferimos llamarle— ofrece, cuando se le pide diga qué es la cubanía, una respuesta muy particular y con la que una, francamente, se siente a gusto: “Mi casa era de piso de tierra y tenía muebles malos. Por eso mi madre, cuando alguien llegaba a visitarnos decía: ‘entre y perdone usted’. Esa frase puede encerrar mucho de cubanía, más que si uno se pusiera a llenar versos con mameyes o palmas. Lo cubano es como el aire. Se siente en todas partes pero difícilmente pueda definirse.” A Naborí casi todo el mundo lo conoce por su poesía, por esa vocación inmarchitable de evocar los detalles más diminutos de su geografía personal o insular. Pero él también cuenta en su trayectoria de creador con el mérito de haber incursionado intensamente en el universo del periodismo, ese que conoce muy bien y sobre el cual Enfoque le pidió algunas reflexiones. Para conversar con nosotros el poeta tuvo que hurgar en su memoria, esa dama escurridiza en la que ya no confía y que se le ha convertido en una verdadera obsesión. —¿Cómo descubre usted el mundo del periodismo? —Mi vinculación con el periodismo tiene un origen que pudiera parecer increíble. Mi padre era un montero iletrado, uno de esos hombres de campo de los cuales Martí dijo cuando entró por Playitas de Cajobabo: “¡Qué cultos son estos analfabetos!” Él sentía gran admiración y un gran respeto por los que estudiaban y sabían. Ha sido un caso especial porque casi siempre la tendencia del que no sabe es no ver con simpatía al que sabe, porque le parece que lo inferioriza. “Papá no regresaba una vez de su trabajo, en su caballo, sin traer en la alforja el periódico del día. Llegaba, y como no sabía leer ni escribir, mi hermana mayor, Adelaida, la que mejor leía en voz alta, lo enteraba de las noticias. Él indagaba siempre por lo que había ocurrido en su país y en el mundo. Aquel interés me llamaba mucho la atención, me zanjó la memoria para siempre. “Enferma mi madre, mi hermana Adelaida quedó como responsable de todos los quehaceres domésticos, y yo, que había terminado el sexto grado y por entonces solía practicar la lectura en voz alta, la sustituí en la función de leer. Recuerdo que era por los días de la salida del presidente Machado, y había crecido el interés de mi padre por todo lo que se decía en los periódicos y revistas. Así me fui familiarizando con la información periodística, a tal extremo, que intenté escribir algunas notas sobre asuntos domésticos y locales. “Yo hacía periodiquitos con papel cartucho y entonces iba poniendo las noticias del día en esos papelitos: llegó Diego, trajo esto, trajo lo otro... Eso era a la altura de mis diez años.” —¿Y después? Empecé a escribir en distintos periódicos. Parece que calificaban bien los trabajos y los publicaban algunas veces en Carteles, en Bohemia; en el periódico Hoy más que en ninguno. Gracias a mi incursión en el mundo del periodismo fui testigo de toda la Campaña de Alfabetización, estuve en Playa Girón, de donde extraje la experiencia en la cual me inspiré para escribir “La elegía de los zapaticos blancos”. —Con esos versos entró usted en mi universo y en el de muchos de mi generación. Siendo niña recité de memoria la historia de Nemesia. La gloria no es otra cosa. La gente se cree que la gloria es que te pongan un trono de oro allá arriba. Pero la gloria para mí es eso, que tú recuerdes unos versos míos. —Usted ha dicho que la poesía todo lo toca. Y ha tenido el privilegio de escribir versos, y de atestiguar y cronicar acontecimientos excepcionales de la Revolución. ¿Cree que un periodista sería mejor si tuviera sensibilidad poética? Por supuesto que sí. El poeta y el repentista tienen mucho que ver con el periodista. Si los jóvenes estudiantes de periodismo estudiaran la poesía, me parece que tendrían para desarrollar algunas facetas del periodismo —no todas— mejores condiciones. “Ciertamente la poesía es más que todo subjetiva, y el periodismo está obligado a ser casi todo el tiempo objetivo. Hay temas que exigen la objetividad y en los que difícilmente se puedan utilizar los recursos literarios. Pero en una crónica se pueden emplear múltiples recursos como la metáfora, el símil, la sinestecia. “Los mismos repentistas tienen una virtud que también debe acompañar al periodista: contar con rapidez y elegancia lo que se vio, lo que se oyó. Crear contra reloj. La poesía y el periodismo, en su origen, anduvieron juntos. En la Edad Media los trovadores y juglares iban de pueblo en pueblo cantando, y la noticia era cantada. El primer comunicador fue Homero contando los pasajes de la guerra, ¿y acaso la Ilíada no es un gigantesco poema?” —¿Usted cree que a pesar del avance tecnológico haya constantes en el periodismo a las que no se podrá renunciar? Necesitamos que se sepa en el mundo la realidad de Cuba. El afán por ser objetivos, justos, seguirá siendo una constante. Nosotros tendremos que seguir comunicando la verdad porque ellos, los enemigos, seguirán comunicando la mentira. Ellos no se emocionan por ver que aquí no hay un niño descalzo. No pueden emocionarse con ver miles de niños que parten para la escuela mientras hay millones en el mundo que son analfabetos. Tienen una lógica muy distinta de la nuestra. —Ha tenido el privilegio de conocer el periodismo cubano desde hace cinco décadas. ¿Qué extraña del periodismo de años atrás, en lo que se está haciendo hoy? En el presente han surgido ustedes, jóvenes de mucho valor. Y han surgido múltiples maneras de comunicar. Yo, por ejemplo, no dejo de oír las Mesas Redondas Informativas. Me parece que estoy en un aula universitaria. Con esas cosas y otros artículos creo que al fin estamos devolviendo el golpe. “El periodismo de nosotros había perdido lo incisivo. Nos abríamos el pecho y nos ponían las balas dentro. No disparábamos, y ahora ya lo estamos haciendo.” —¿Cómo debe ser un periodista, hoy en Cuba, para destacarse en su oficio? Tiene que combatir con la verdad, y estudiar, estudiar incansablemente. Debe abarcar profundos conocimientos, en todos los aspectos, porque cuando un periodista dice un disparate, ya el que está leyendo, si tiene un poco de cultura, le pierde el respeto. —¿Usted cree que el periodista puede conjugar lo culto y lo popular en lo que comunica? Desde luego. Gabriel García Márquez une la gran literatura a lo popular. Nunca dejó de inspirarse en los mitos populares, en las expresiones más conocidas de su cultura. El periodista, aunque no haga literatura como tal, debe tener una profunda cultura que le permita acudir a múltiples recursos, no hacer concesiones en el lenguaje ni en el nivel de lo que expresa, y sin embargo reflejar lo más raigal de su gente en lo que escribe, a la vez de saber comuniarse, llegar al corazón de los demás. —¿Pasa lo mismo con el periodista que con el poeta, tiene algún momento específico para retirarse? Se es poeta y se es periodista hasta el final, y puede ocurrir que el poeta o el periodista encuentren el camino ya en la vejez. Hay que pensar todo el tiempo como periodista y como poeta, incluso cuando se sueña. —En su vida de periodista y poeta, su esposa ha sido como su mano derecha, y su brazo también... Mi esposa es una mujer que por dos erratas de la vida se llama y le dicen Eloína, pero su nombre verdadero es Heroína. Tengo un poema aquí que es precioso, y que habla de ella. Sus versos dicen: “No hay iris. Se difumina/ el color de las violetas/ y convivo con siluetas/ en un mundo de neblina./ Una mujer me encamina/ y de guijarros y abrojos/ va librando mis pies flojos...// ¡Ay, quién me diría que/ los ojos que ayer canté/ hoy fueran mis propios ojos!”. “Cuando me di cuenta de que no era yo el que daba mis pasos, que era ella quien resolvía las cosas, le escribí ese poema y tengo otro cuyos primeros versos te los voy a decir de memoria, aunque no confío mucho en la memoria: ‘Cuando te miro sin tener mirada/ no veo la que eres, sino aquella/ que fuiste. Para mí, la misma estrella/ que permanece como eternizada’”. —¿Usted cree que amores como ese todavía puedan existir? Yo creo que sí, cuando se trata de Amor... lo otro es unión material, sexual. Pero si hay amor, amor de verdad, implica una antrega infinita. —Para usted la memoria es una obsesión... Sí porque es parte de la vida. Y si yo perdiera la memoria, no tendría sentido que siguiera vivo. Por eso mi epitafio dice que al perder la vida lo que más me dolerá será perder la memoria. —¿Por qué le gusta tanto ese epitafio: “No me duele morir y que me olviden,/ sino morir y no tener memoria”? —Porque el temor de la mayoría de las personas es morirse y que las olviden. Sin embargo, yo creo que ese no es el mayor dolor, el mayor dolor es morirse y no tener memoria para poder seguir recordando todo lo que uno ama, todas las pequeñas cosas de la vida que uno conoció. Jesús Orta Ruiz nació el 30 de septiembre de 1922 en Los Zapotes, antigua finca ganadera de San Miguel del Padrón, entonces barrio de Guanabacoa. Muy joven, en la imprenta del periódico Cooperación, de San Miguel del Padrón, degustó los primeros avatares de la construcción de la noticia y la crónica. Desde esa fecha escribió algunos artículos para el periódico Hoy. En 1950 ingresó en la escuela de Derecho Público de la Universidad de La Habana, carrera que no terminó para consagrarse a las letras, a la poesía, ámbito por el cual sentía verdadera vocación. En 1952 integró el cuerpo de redacción del primer periódico clandestino contra la tiranía de Batista, junto con Abel Santamaría y Jesús Montané. Allí tenía a su cargo la sección De la entraña al surco, referida a la necesidad de una Reforma Agraria. En 1957 el prestigioso reportero Enrique de la Osa lo incorporó al cuerpo de redacción de la revista Bohemia, donde hizo reportajes en décimas, que iban acompañados de fotografías alusivas. Por esa labor recibió el Premio Juan Gualberto Gómez de la Asociación de Reporters de La Habana. Al triunfar la Revolución, el Indio Naborí perfeccionó su oficio como periodista mediante estudios académicos en la escuela profesional Márquez Sterling y con conocimientos de Filosofía y Economía en la Escuela Superior del Partido Ñico López. En 1960, dio inicio a las secciones Mural Agrario y Al son de la Historia, espacios donde comentó los acontecimientos de cada día en décimas y en diversos géneros del periodismo. En 1965, el poeta fundó con otros colegas el periódico Granma. Allí ejerció como articulista, cronista y reportero, especialmente en la Página Ideológica. Al perder su visión en 1985, le fue imposible continuar su labor en ese diario, y en la revista ANAP, donde escribió, durante cinco años, para la sección Biblioteca Guajira. Su desempeño como periodista lo hizo merecedor del Reconocimiento especial Juan Gualberto Gómez (1995), de la Distinción Félix Elmuza que otorga la UPEC(1983), del Premio 26 de Julio (1966), y de numerosos diplomas por ser profesional destacado en distintos años. Como creador ha merecido numerosos premios y distinciones, entre ellos la Orden Félix Varela y la medalla Alejo Carpentier, el Premio Nacional de Literatura en 1995 y el premio de la Crítica literaria en 1996. Fuente: www.lajiribilla.com